Cómo Brasil escaló 33 puntos en PISA

LOLA GARCÍA-AJOFRÍN, publicado en ESCUELA, 10 de mayo de 2012.

La OCDE reconoce el aumento de financiación, la exigencia al profesorado y la rendición de cuentas, como elementos de éxito. El Gobierno pone su esperanza en un Índice, que evalúa y premia a las escuelas

Escuela Primaria en Salvador de Bahía (Brasil). FOTO de: Ignacio Casado

En 1999, el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), no tenía claro si Brasil debía participar en la primera evaluación PISA. Sospechaba que quedaría al final de la tabla pero también que era una gran oportunidad para movilizar a todo el país por la mejora de la educación. Finalmente, los estudiantes brasileños fueron a la prueba y Cardoso acertó: Brasil fue uno de los países con peor rendimiento en PISA 2000 y más de la mitad de los alumnos obtuvieron puntuaciones iguales o por debajo del nivel uno. Menos del 1% alcanzó el nivel superior. Era el momento de cambiar las cosas.

Sobre cómo Brasil mejoró en Lectura, de 396 en PISA 2000 a 412, en 2009; en Matemáticas, de 356 en 2003 a 386, en 2009, y en Ciencias, de 390 en 2006 a 405, en 2009, habla el informe de la OCDE Actores fuertes y reformas exitosas en educación: las lecciones de PISA para los EEUU, en un capítulo que dedica a Brasil, bajo el título Lecciones esperanzadoras de un gran sistema federal. El incremento de la inversión, con una fuerte inyección al salario docente; el apoyo a los padres de menos recursos como la ayuda Bolsa Familia, para sacar a los niños de la calle; programas de aceleración en Secundaria, para los estudiantes de mayor edad y la mejora de la rendición de cuentas, con una evaluación que incentiva a las escuelas en función de los resultados, fueron algunas de las recetas aplicadas por este gobierno a las que la OCDE se refiere como: “lecciones de Brasil”.

La reforma de la educación brasileña tuvo lugar en un contexto de: “pobreza, enseñanza de mala calidad y un curriculum irrelevante”, asegura este estudio. Y si desde los 90, la agenda de los políticos era mejorar la calidad de la educación, en muchos hogares la prioridad era simplemente que los hijos, al menos, fueran a la escuela. En 2005, la UNESCO informó de que solo un 88% de los estudiantes brasileños de entre 5 y 15 años se dedicaban únicamente a sus estudios, mientras que había un 8,4% de los niños que a su vez trabajaba una media de 19 horas a la semana y el resto o bien solo trabajaba o se quedaba en casa, especialmente en el noreste, donde muchos se dedican a la agricultura. Y, aunque la Ley de Educación de 1996 exige la universalización de la Secundaria, la educación gratuita para todos es un fenómeno prácticamente reciente en Brasil y no fue hasta 2006 cuando los 11 años de enseñanza se convirtieron en obligatorios (ahora son 12 años, debido el adelanto al curso previo a Primaria).

Para entender estas circunstancias hay que remontarse a un pasado en el que la educación brasileña, hasta no hace mucho, fue cosa de unos pocos. Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud, en 1888, por lo que creció en un sistema agrícola basado en la esclavitud que no requería de una población educada, más allá de la elite del 10% que dirigía el país. Durante los siglos XIX y XX, la llegada masiva de inmigrantes para trabajar la tierra favoreció el mismo esquema, al igual que un siglo XX con períodos de dictaduras y democracia alternantes. Fue el final de la dictadura militar (1964-1985) el que supuso el nacimiento de la Constitución vigente, en 1988, y la garantía del derecho a una educación gratuita para todos los niños de 7 a 15 años, 8 años de enseñanza obligatoria y un mínimo de la inversión en enseñanza. Aunque de momento, todo quedó en el papel y las escuelas solo ofrecían tres o cuatro horas de clase al día, en dos o tres turnos, para aprovechar al máximo de los limitados recursos. “Tuvimos un aumento de un 90% en el número de niños en el sistema, pero no podemos decir que la universalización fuera acompañada de la calidad en ese proceso”, explica Malvina Tania Tuttman, rectora de la Universidad Federal del Estado de Rio (UniRio), en un vídeo de la OCDE que acompaña a este estudio.

Se considera 1994 como el momento en el que se da el primer empujón a la educación brasileña, con la elección de Cardoso como presidente y la promulgación de la Ley de 1996 de Directrices y Bases de Educación Nacional (LDB). En ese año se creó, además, el FUNDEF, un fondo que sustituyó la fórmula de financiación vigente basaba en la densidad de población y que dejaba la mayoría de los recursos en las grandes ciudades. También se incrementaron los salarios de los profesores de Primaria y, en 2001 y se instauró el programa Bolsa Escola, con ayudas a las familias de rentas más bajas. Aunque muchos se quejaron, porque en un principio solo incluía a los niños de 7-14 años, que ya iba a la escuela. En 2006, el FUNDEF se amplió a Secundaria. Con la llegada de Lula al Gobierno aumentaron las contribuciones federales, lo que supuso que los recursos en educación se multiplicaran, en concreto, hasta 55 mil millones de reales (el 5,2% del PIB). En 2004, también se incrementaron los recursos para la Bolsa Familia.

También se puso en marcha todo un dispositivo de medidas como el incremento de los requisitos del ingreso en la formación docente, el uso de objetivos para identificar las mejores prácticas, cambios relevantes en el curriculum, el fin a la separación entre los programas de educación académica y técnica o programas para trabajar con los estudiantes con edades por encima de su nivel, que son las que explican, según la OCDE, cómo Brasil mejoró 33 puntos en PISA entre 2000 y 2009 y solo fue superado por Chile, que aumentó 37 puntos, y Luxemburgo, que consiguió 38 puntos más.

El informe se refiere especialmente a una iniciativa en la que el Gobierno brasileño tiene puesta su esperanza. Se trata del Índice de Desarrollo de la Educación Básica (IDEB), creado en 2007, que evalúa a las escuelas en función del flujo escolar (promoción, repetición y tasas de graduación) y el desempeño de los estudiantes. Este actúa como un mecanismo de valoración de cumplimiento de metas, mediante puntuaciones de 1 a 10 que se alinean con los resultados de PISA y por el que los centros reciben incentivos. Las escuelas que cumplen metas pasan a recibir recursos automáticamente del gobierno federal, las que no, no obstante, no son penalizadas con su financiación “porque correríamos un riesgo de penalizar al niño una segunda vez”, explica para la OCDE, el ministro de Educación de Brasil, Fernando Haddad. En la región de Ceará, por ejemplo, las 150 mejores escuelas recibieron bonificaciones y además, se comprometieron a orientar en una tutoría a los centros con resultados más bajos.

Es pronto para comprobar los resultados de esta iniciativa. Y en la calle, los pronósticos son menos optimistas. Rosângela Santiago da Silva, profesora de portugués en una escuela de Idiomas de Salvador de Bahía, asegura, sobre el aumento de la inversión, que el problema en el país “no es con la cantidad que se invierte sino con su uso” porque todavía existen “muchos problemas de desvío de dinero y corrupción”. Algo a lo que recientemente, se refería el periodista Alexandre Garcia, en el programa de la televisión brasileña Globo, Bom Dia Brasil, que además criticaba el salario base de los docentes brasileños –“bajísimo, ridículo, para la profesión que construye el futuro”–.

La calidad del 1,5 millones de profesores brasileños es, precisamente, uno de los principales problemas que todavía arrastra de la educación del país. Dado que la educación pública y gratuita es un fenómeno reciente en Brasil, “la profesión docente no cuenta con la tradición de dos siglos de otros países”, explica el estudio de la OCDE y, en muchas zonas, los maestros solo contaban con la Secundaria. Los bajos salarios, para profesores, que en muchos casos, deben hacer tres turnos al idea e incluso cambiar de centro, tampoco ayudan.

El informe de la OCDE reconoce que estos resultados, todavía, “están muy por debajo de la media de la OCDE de 500 y, obviamente, no coloca a Brasil entre los países de alto rendimiento”, pero también que “las mejoras obtenidas sugieren que Brasil ha puesto en marcha las políticas federales en base en una visión coherente, que parecen estar generando algunas mejoras consistentes”. Y concluye el capítulo con unas palabras del ministro Haddad: “El siglo XX fue una pérdida para Brasil porque no se abordó el tema de la reforma de la educación. Tal vez, por primera vez, veo que el país se moviliza”.

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